En estos días de muchos bares y ratos de escritura, me crucé dos veces con el mismo señor.
El primer encuentro sucedió cuando estaba escribiendo en mi portátil, concentrado, y escuché que cerca mío alguien decía "Escribe a tacto...". No le di mayor importancia; de hecho no estaba seguro de que las palabras estuvieran dirigidas hacia mí. Minutos después el hombre se acerca hasta mi mesa y reitera: "Escribe al tacto". Era un señor bastante mayor. No recuerdo mucho su cara; al mirarlo no pude ver nada más que una especie de lastimadura perpetrada en la nariz. Sí recuerdo que le sonreí y asentí con la cabeza. Me preguntó de dónde era: "de Capital", contesté. Y luego me prodigó un soliloquio: "¡Ah! de Capital. Yo también soy de Capital. Ahí fundé una academia, bueno, usted no la conoce, es muy joven, pero hace cuarenta años fundé una academia de escritura al tacto. ¡Qué bueno que es escribir al tacto! Claro, en esa época enseñaba escritura al tacto para máquinas de escribir. Era más difícil. ¡Qué bueno que es escribir al tacto! se ahorra mucho tiempo. Yo en esos tiempos vivía por Libertador, a la altura de Callao. Pero claro, Buenos Aires ya no es lo que era... como Recoleta, antes no nos importaba tanto Recoleta como ahora". No sé a ustedes, pero a mí Recoleta no me importa mucho más o menos que cualquier otro barrio. Con mi simpatía habitual, creo que le dirigí una sonrisa cordial y volví a mirar la pantalla de mi PC. El hombre volvió a sentarse.
Hace instantes, algunas mesas más allá, alguien dijo "Oiga, ¿usted llegó antes que yo o después?". Esta vez las palabras no estaban dirigidas hacia mí. Otra voz contestó "Después, creo". El primero continuó: "¡Ah! porque a mí todavía no me trajeron el café... perdone, ¿de dónde es usted?". "De Capital". Y creo que ya se imaginan el resto: "¡Ah! de Capital. Yo vivía por Libertador, a la altura de Callao. Pero claro, Buenos Aires ya no es lo que era... como Recoleta...".
Acaba de pasar frente a mí: "¡El hombre que escribe al tacto!", me dijo, y salió. Creo que después de esto me cae más simpático.
sábado, 28 de mayo de 2011
viernes, 27 de mayo de 2011
"Hay que envejecer con dignidad"
Cuando salgo a cenar, suelo ir acompañado. Es una forma sabrosa de compartir un momento con alguien, charlar un rato. Es no preocuparse por cocinar o lavar los platos, y permite cambiar un rato de ambiente. Anoche, sin embargo, salí a cenar solo ya que estaba lejos de casa y el hambre arreciaba.
Incauto, me senté demasiado cerca de la televisión del bar. Pasaban "Bailando por un sueño". No sé por qué me sucede, pero cuando hay una televisión prendida cerca no puedo dejar de mirarla. Aunque pasen la peor porquería, aunque tengan puesto un noticiero en mute y sólo vea a dos trajeados gesticulando, no puedo dejar de mirar.
En uno de esos avistajes de reojo (porque intentaba resistirme; juro que por pudor intentaba resistirme a que mis ojos fueran desviados a "Bailando por un sueño") vi a un tipo vestido igual que el sombrerero loco de Alicia en El País de las Maravillas.
Incauto, me senté demasiado cerca de la televisión del bar. Pasaban "Bailando por un sueño". No sé por qué me sucede, pero cuando hay una televisión prendida cerca no puedo dejar de mirarla. Aunque pasen la peor porquería, aunque tengan puesto un noticiero en mute y sólo vea a dos trajeados gesticulando, no puedo dejar de mirar.
En uno de esos avistajes de reojo (porque intentaba resistirme; juro que por pudor intentaba resistirme a que mis ojos fueran desviados a "Bailando por un sueño") vi a un tipo vestido igual que el sombrerero loco de Alicia en El País de las Maravillas.
| Sombrerero loco |
Este hombre proclamó: "Hay que envejecer con dignidad". Yo me pregunto, señor, con todo respeto (o, en realidad, con muy poco): ¿qué es la dignidad para usted?
La RAE nos trae ocho acepciones para la palabra "dignidad", de las cuales rescato sólo dos por ser las más atinadas (igual... en ninguna cabe este tipo):
dignidad. (Del lat. dignĭtas, -ātis).
2. f. Excelencia, realce.
3. f. Gravedad y decoro de las personas en la manera de comportarse.
Digo, quizás yo esté equivocado y vestir un traje turquesa y putearse con vedettes sea parte de la gravedad, el decoro y la excelencia que la dignidad precisa. Pero por alguna razón, yo creo que no...
La RAE nos trae ocho acepciones para la palabra "dignidad", de las cuales rescato sólo dos por ser las más atinadas (igual... en ninguna cabe este tipo):
dignidad. (Del lat. dignĭtas, -ātis).
2. f. Excelencia, realce.
3. f. Gravedad y decoro de las personas en la manera de comportarse.
Digo, quizás yo esté equivocado y vestir un traje turquesa y putearse con vedettes sea parte de la gravedad, el decoro y la excelencia que la dignidad precisa. Pero por alguna razón, yo creo que no...
martes, 24 de mayo de 2011
Los Toldos. Parece que la vuelta será pronta
| Junín. Extraño lugar para poner una virgen... |
Bien. Finalmente abrió la oficina de Pullman Gral. Belgrano. Me acerqué al mostrador con la simpatía, gentileza y humildad que me caracteriza: "¿Van hasta Sierra de la Ventana?", pregunté. Respuestas posibles a esa pregunta: "Sí", "No", "Dejame que me fijo". Lo que no me esperaba es que me dijeran "¿Eso dónde está?"
Y yo no soy un gran conocedor de la geografía bonaerense, pero hice mis intentos de explicar que estaba un poco al norte de la parte en que la pancita de Buenos Aires se comunica con la patita de la Provincia... digamos, al norte de Bahía Blanca.
| Junín. Laguna (por si no se habían dado cuenta) |
Esto, por desgracia, no alertó demasiado al señor encargado acerca de la ubicación geográfica de Sierra de la Ventana. Llamó entonces al celular de uno de los empleados de la sucursal de Pullman Gral. Belgrano de la localidad de 9 de Julio. Cortó y me dijo "Mirá, él no sabe, pero llamá a la sucursal de 9 de Julio, acá está el teléfono". Por qué no llamó él directamente a la sucursal en vez de llamar a su amigo por celular, nunca lo sabré. Luego me dijo "Preguntá también en 'El Rápido', que van a Mar del Plata... eso es cerca, ¿no?". Le señalé en el mapa la ubicación de Mar del Plata y él mismo se corrigió: "Ah, no... es para el otro lado". Aún así, la chica que estaba a su lado me dijo "La oficina de El Rápido está cerrada... andá al locutorio de enfrente que ahí suele esta el chico que atiende".
El surrealismo era ya tal que, creo, dejé de sorprenderme cuando en el locutorio de enfrente no estaba el chico sino su madre, que no tenía la menor idea de si El Rápido iba o no hasta Sierra de la Ventana. "Bueno, no se preocupe", le contesté, "deme por favor una cabina que necesito hacer un llamado". Y debí sospechar que en ese locutorio no habría cabinas telefónicas. No sé por qué fui tan iluso de creer que en ese locutorio sí habría cabinas telefónicas. Es que me cuesta aprender de la experiencia.
A varias cuadras conseguí un locutorio funcional. Hice la llamada, en la que me indicaron que ningún micro de General Belgrano sale de 9 de Julio camino a Sierra de la Ventana. "Ni cerca", le faltó decir al hombre. Más mojado que una frazada que se cayó en la bañadera llena y estuvo ahí por lo menos una hora, volví al hotel.
Tengo entonces cuatro destinos posibles desde aquí: Santa Rosa, Rosario, Mar del Plata o, la vuelta, en Retiro. Aunque el micro que va a Mar del Plata (empresa "El Rápido"), cree el chico de Gral. Belgrano, pasa por Tandil... pero creo que ya no tengo ganas de recorrer la Provincia hasta la otra punta. Y tampoco le creo mucho al chico de Gral. Belgrano, y el chico de El Rápido no viene hasta la hora de salida del micro.
Así, sospecho que mañana, salvo que me arrepienta, retornaré a mis pagos porteños y disfrutaré del resto de mis vacaciones en mi hogar, con un par de buenos libros y el renovado blog.
Amén.
PS: Van intercaladas algunas fotos del viaje.
De los toldos y renovaciones (no confundir con "renovaciones de toldos")
En esta tarde de lluvia, varado en el pueblo "Los Toldos" (Provincia de Buenos Aires), decidí recuperar este viejo blog, varado no en la lluvia sino en el tiempo, desde marzo del año pasado. Subí un cuento que tenía en el archivo: La biblioteca del Tío Jorge.
Y es que poco se puede hacer en un pueblo pequeño donde todos duermen a la hora de la siesta; un pueblo que ya mis pasos recorrieron muchas veces en los últimos días. Espero en este momento que reabra la terminal para ver hacia dónde puedo seguir mi pequeña vacación (tan pequeña que ni siquiera merece el plural). Lo único abierto es el bar que está al lado del hotel, donde ya me conozco a los mozos y unas cuantas mesas.
Sospecho que mi próximo destino será por el sur de la Provincia. Quizás Sierra de la Ventana, quizás Tandil. Dependerá un poco de la idiosincrasia de los micros y sus recorridos, ya que no quiero tener que pasar por Capital para tener que ir hacia otra parte. Hacer eso es como tener que pasar por tu casa de nuevo porque te olvidaste algo. No está bueno.
Algo que me ha llamado mucho la atención de este pueblo es el pudor de sus estatuas:
¡Tengan cuidado, bifes! ¡el pollo avanza!
Sí... esas son mis fotos de viajes. ¡Qué le vamos a hacer!
Y es que poco se puede hacer en un pueblo pequeño donde todos duermen a la hora de la siesta; un pueblo que ya mis pasos recorrieron muchas veces en los últimos días. Espero en este momento que reabra la terminal para ver hacia dónde puedo seguir mi pequeña vacación (tan pequeña que ni siquiera merece el plural). Lo único abierto es el bar que está al lado del hotel, donde ya me conozco a los mozos y unas cuantas mesas.
Sospecho que mi próximo destino será por el sur de la Provincia. Quizás Sierra de la Ventana, quizás Tandil. Dependerá un poco de la idiosincrasia de los micros y sus recorridos, ya que no quiero tener que pasar por Capital para tener que ir hacia otra parte. Hacer eso es como tener que pasar por tu casa de nuevo porque te olvidaste algo. No está bueno.
Algo que me ha llamado mucho la atención de este pueblo es el pudor de sus estatuas:
En esta foto pueden ver a una estatua cubriéndose con unas telas, ante la vergüenza de la mirada ajena, en plena plaza principal.
Y aquí una nota del diario Diario Tiempo: ¡"El lado oculto del consumo: El pollo amenaza con destronar el bife"! ¡zan zan zan zan!
¡Tengan cuidado, bifes! ¡el pollo avanza!
Sí... esas son mis fotos de viajes. ¡Qué le vamos a hacer!
La biblioteca del tío Jorge
Mi tío Jorge estaba muerto. Me enteré de ello días atrás con un lacónico mensaje telefónico de mis primos dejado en mi despacho de docente. No supe más del asunto hasta esta mañana, a través de un telegrama: el viejo me dejaba de herencia su antigua casona en las afueras de Buenos Aires.
Pasé mis clases completamente distraído, confundiendo las fórmulas químicas y sus valencias. La tabla periódica se me hacía esquiva; no podía dejar de pensar en la casa. Esa misma tarde fui a buscar las llaves y partí luego de algunos pésames obligados.
Hacía años que no cruzaba el caminito de losas del jardín. El enorme ombú a un costado. El enano de yeso junto a la puerta. El llamador de bronce. El interior olía a un encierro encubierto por el aroma del incienso. Los pisos de madera de los corredores, hinchados por el tiempo y la humedad, rechinaban bajo el peso de mis suelas. Los lúgubres cuadros de las paredes me observaban desde sus marcos de oro ennegrecido.
Prendí un velador ubicado junto al sillón de felpa roja del estudio, iluminando pálidamente los grandes anaqueles con libros del piso al techo. Hojeé algunos libros de aquí y de allá, hasta que llamó mi atención una estantería casi vacía, a excepción de un volumen tumbado en el estante inferior: una vieja edición de cuentos de Goethe. Me arrodillé a recogerla y noté que la alfombra estaba gastada como si el mueble hubiese sido movido con frecuencia. Tiré con fuerza de uno de sus bordes. Un viento helado me hizo temblar: detrás de la estantería, una brecha en la pared conducía a una escalera que se perdía en la negrura.
Bajé a tientas y esperé a que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad. Presioné un pequeño interruptor de luz que colgaba de un cable y quedé pasmado: enormes pasillos formados por estanterías se extendían hasta donde alcanzaba la vista: Shakespeare, Cervantes, Chejov, Kafka, Poe. Caminé no recuerdo ya cuánto tiempo con éxtasis creciente. El corazón se me aceleraba a cada paso, a cada nueva estantería, con cada nuevo volumen.
Me fijé de pronto en una novela cuyo autor desconocía por completo. La edición parecía nueva, con el papel aún a salvo del inevitable color amarillo que presentaban las anteriores. A su alrededor, algunos best-sellers recientes. Sorprendido de que el viejo pudiera estar interesado en esas cosas, solté una risa algo nerviosa. Caminé un poco más siguiendo el mismo pasillo: los libros y sus autores empezaban a serme por completo desconocidos. Tomé uno de ellos al azar y al abrirlo grité espantado: la fecha de edición era dentro de diez años. Tomé otro, y luego varios más. Todos eran del mismo año. En la estantería siguiente, eran ediciones de libros que saldrían dentro de once años, y en la siguiente, de doce. Caminé presuroso hacia el siguiente pasillo. Estaba repleto de libros de ciencia. Pude divisar el nombre de algunos de mis estudiantes y colegas entre muchos desconocidos. Me senté en el suelo mirándolos con los ojos muy abiertos. Saqué maquinalmente un cigarrillo del atado y lo puse en mi boca. Las manos me temblaban. Prendí un fósforo. La pequeña llama avanzaba despacio por la madera, secándola y carbonizándola, hasta que me quemó los dedos. El fósforo cayó, ahogándose en el piso frío.
Quedé petrificado al ver de pronto, sobre la estantería a mis espaldas, un libro de química avanzada con mi nombre escrito en el lomo. Mi foto estaba en la contratapa, mostrándome más flaco y canoso. No sé cuánto tiempo estuve viéndolo, de un lado y del otro, leyendo palabras salteadas y fórmulas, y nuevamente el lomo, la tapa, la contratapa. Rompí las hojas. Las arranqué a montones. Les clavé las uñas y los dientes. Cuando alcé la vista, allí, uno al lado del otro, varios libros más, de títulos diversos con mi nombre en el lomo.
Conocí en ese momento la locura de que todo tipo de libertad esté vedada, de que cualquier juego lúdico de investigación, tendría allí, impreso en letras inamovibles, su resultado preciso.
Atravesé corriendo la puerta de entrada. Detrás de mí quedaban el llamador de bronce, el enano de jardín, el ombú y unas enormes llamaradas saliendo del fondo de la casa, quemando despacito sus cimientos, secándolos y carbonizándolos, con todo lo que había dentro.
Enero de 2011
Pasé mis clases completamente distraído, confundiendo las fórmulas químicas y sus valencias. La tabla periódica se me hacía esquiva; no podía dejar de pensar en la casa. Esa misma tarde fui a buscar las llaves y partí luego de algunos pésames obligados.
Hacía años que no cruzaba el caminito de losas del jardín. El enorme ombú a un costado. El enano de yeso junto a la puerta. El llamador de bronce. El interior olía a un encierro encubierto por el aroma del incienso. Los pisos de madera de los corredores, hinchados por el tiempo y la humedad, rechinaban bajo el peso de mis suelas. Los lúgubres cuadros de las paredes me observaban desde sus marcos de oro ennegrecido.
Prendí un velador ubicado junto al sillón de felpa roja del estudio, iluminando pálidamente los grandes anaqueles con libros del piso al techo. Hojeé algunos libros de aquí y de allá, hasta que llamó mi atención una estantería casi vacía, a excepción de un volumen tumbado en el estante inferior: una vieja edición de cuentos de Goethe. Me arrodillé a recogerla y noté que la alfombra estaba gastada como si el mueble hubiese sido movido con frecuencia. Tiré con fuerza de uno de sus bordes. Un viento helado me hizo temblar: detrás de la estantería, una brecha en la pared conducía a una escalera que se perdía en la negrura.
Bajé a tientas y esperé a que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad. Presioné un pequeño interruptor de luz que colgaba de un cable y quedé pasmado: enormes pasillos formados por estanterías se extendían hasta donde alcanzaba la vista: Shakespeare, Cervantes, Chejov, Kafka, Poe. Caminé no recuerdo ya cuánto tiempo con éxtasis creciente. El corazón se me aceleraba a cada paso, a cada nueva estantería, con cada nuevo volumen.
Me fijé de pronto en una novela cuyo autor desconocía por completo. La edición parecía nueva, con el papel aún a salvo del inevitable color amarillo que presentaban las anteriores. A su alrededor, algunos best-sellers recientes. Sorprendido de que el viejo pudiera estar interesado en esas cosas, solté una risa algo nerviosa. Caminé un poco más siguiendo el mismo pasillo: los libros y sus autores empezaban a serme por completo desconocidos. Tomé uno de ellos al azar y al abrirlo grité espantado: la fecha de edición era dentro de diez años. Tomé otro, y luego varios más. Todos eran del mismo año. En la estantería siguiente, eran ediciones de libros que saldrían dentro de once años, y en la siguiente, de doce. Caminé presuroso hacia el siguiente pasillo. Estaba repleto de libros de ciencia. Pude divisar el nombre de algunos de mis estudiantes y colegas entre muchos desconocidos. Me senté en el suelo mirándolos con los ojos muy abiertos. Saqué maquinalmente un cigarrillo del atado y lo puse en mi boca. Las manos me temblaban. Prendí un fósforo. La pequeña llama avanzaba despacio por la madera, secándola y carbonizándola, hasta que me quemó los dedos. El fósforo cayó, ahogándose en el piso frío.
Quedé petrificado al ver de pronto, sobre la estantería a mis espaldas, un libro de química avanzada con mi nombre escrito en el lomo. Mi foto estaba en la contratapa, mostrándome más flaco y canoso. No sé cuánto tiempo estuve viéndolo, de un lado y del otro, leyendo palabras salteadas y fórmulas, y nuevamente el lomo, la tapa, la contratapa. Rompí las hojas. Las arranqué a montones. Les clavé las uñas y los dientes. Cuando alcé la vista, allí, uno al lado del otro, varios libros más, de títulos diversos con mi nombre en el lomo.
Conocí en ese momento la locura de que todo tipo de libertad esté vedada, de que cualquier juego lúdico de investigación, tendría allí, impreso en letras inamovibles, su resultado preciso.
Atravesé corriendo la puerta de entrada. Detrás de mí quedaban el llamador de bronce, el enano de jardín, el ombú y unas enormes llamaradas saliendo del fondo de la casa, quemando despacito sus cimientos, secándolos y carbonizándolos, con todo lo que había dentro.
Enero de 2011
jueves, 4 de marzo de 2010
Harto del hartazgo (continuación)
Sin causa precisa, me encuentro en mi existencia grisácea. Alejado de mis motivaciones, encuentro la enorme necesidad, la imperiosa necesidad de distraerme. Son días que no puedo llevar sobre mis hombros el peso de mi existencia y mi casa, mis muebles, las paredes que me rodean, la cotidianeidad, el hastío, el hartazgo, la soledad, la desesperanza me invaden con sus enormes manos, todo me parece feo, carente de estética, demasiado lógico, frío, descuidado, dejado en abandono, al olvido, puesto a la espera de un tiempo que quizás nunca llegue. Me consuelo a mí mismo diciéndome que en dos días este gran trabajo estará finalizado y vendrán tiempos de más calma para poder ocuparme de las cosas que realmente me importan; que lo urgente no tome el lugar de lo importante. Sin embargo sospecho que el asunto no se acaba ahí; sé que el asunto no se acaba ahí, sino que esto es solamente la puerta de entrada, el gatillo, el detonador de otras cuestiones. “Estás gris”, me dijo hoy mi vieja sin ningún ánimo de maldad, denotando la preocupación habitual de una madre. Y tiene razón. Estoy gris, listo para el traje de franela gris con la corbata gris en un mundo monótono donde los antidepresivos me alejen de la depresión, los ansiolíticos de la ansiedad, los somníferos del insomnio, la televisión de la soledad. Tiemblo y no es de frío sino de vértigo, del vértigo de asomarme a mis abismos y sondear en mis miedos, en mis miedos de caer en el mundo del “se” heideggeriano, en el mundo de comer lo que se come, de hacer lo que se hace, decir lo que se dice. Y es mucho peor, porque no es un mundo habilitante sino restringente, es no comer lo que no se come, no hacer lo que no se hace, no decir lo que no se dice. Hay algo vivo adentro mío gritando por su lugar dentro de mi vida, dentro de mi habitualidad. No todo hábito es rutina, puede hacerse hábito la falta de rutina. Quizás esto mismo sea rutinario y se busque la diferencia en la rutina, no lo sé. Me he buscado una vida de libertades, pero es una vida en la que me tropiezo constantemente con las faltas de libertades de lo que no me permito, una vida en la que “no se” un montón de cosas. Son casi las cuatro de la mañana de un día que ha sido insoportable y no puedo dejar que se termine sintiendo que la existencia no tiene sentido, que mañana será igual que hoy. Mis necesidades de ser humano están opacadas tras un vidrio esmerilado que apenas deja deducirlas como contornos, y sé que no hay piedras que rompan las estructuras sino sólo un camino largo de entenderlas y desandarlas, de entenderlas como inútiles y dejar que se caigan por su propio peso, pero ese camino hoy me parece demasiado largo, demasiado escarpado, demasiado empinado, y que la meta está demasiado lejos.
Hace unas noches soñé que mis padres eran unos judíos ancianos, y que mi padre estaba muy enfermo, probablemente por morirse. Parecía un rabino. Mi familia era muy numerosa. Recuerdo hermanas, muchas hermanas, de muchas edades, con el pelo enrulado atado, vestidas de negro. Mi padre, sin embargo, vestía de blanco, y llevaba una tela sobre sus hombros con una estrella azul de cinco puntas. Yo me despedía, estaba lléndome. Parecía una despedida para siempre. Mi madre me regalaba una azucarera, o quizás yo le regalaba una a ella. Sé que era concretamente un símbolo. La imagen de ese padre me hizo acordar al personaje de Shylock en “El mercader de Venecia”, un hombre que perdió todo por su avaricia y por testarudo.
Hace unas noches soñé que mis padres eran unos judíos ancianos, y que mi padre estaba muy enfermo, probablemente por morirse. Parecía un rabino. Mi familia era muy numerosa. Recuerdo hermanas, muchas hermanas, de muchas edades, con el pelo enrulado atado, vestidas de negro. Mi padre, sin embargo, vestía de blanco, y llevaba una tela sobre sus hombros con una estrella azul de cinco puntas. Yo me despedía, estaba lléndome. Parecía una despedida para siempre. Mi madre me regalaba una azucarera, o quizás yo le regalaba una a ella. Sé que era concretamente un símbolo. La imagen de ese padre me hizo acordar al personaje de Shylock en “El mercader de Venecia”, un hombre que perdió todo por su avaricia y por testarudo.
Harto del hartazgo (pero no lo suficiente)
Acabo de incumplir una promesa. Lo irónico es que la incumplí para pensar (o sea, escribir) por qué la incumplí. Vivo esos tediosos períodos de la vida donde el tiempo no alcanza siquiera para hacer esas otras cosas que tampoco quiero hacer. La vinculación con lo que sí quiero está, convengamos, quebrada. Y hoy, que decido tomarme unas "mini-vacaciones" de unas horas y no pensar que tengo que trabajar ni que mi baño es un asco ni en ninguno de los tengo, para poder hacer "eso que estuve pensando todos estos días que tenía ganas de hacer", ya sea hacer nada, leer, mirar el techo, darme vuelta para mirar el piso (aunque me cueste hacerle foco si estoy muy cerca), agasajarme con una cena rica o lo que se me cantase el quinto rábano, no tengo mejor idea que recalentar lo que quedó de pizza del otro día y comer entreteniéndome inútilmente para no pensar en absolutamente nada (ni en qué tengo ganas, lo cual sólo aumenta la carga de lo no pensado) y quedarme pensando que por lo menos hubiera limpiado el baño en ese rato y que así hubiera servido para algo ese rato en donde decidí no hacer lo que estaba en el "top ten" de cosas por hacer, en donde decidí cambiar un poco el hábito del día, en donde traté de salir del hastío y del hartazgo haciendo algo diferente, para variar, para recuperar el color, para que el día sea menos gris. Y tardo horas en darme cuenta que no me estoy divirtiendo, sino que estoy matando el tiempo donde se podría haber hecho algo interesante, algo que hiciera eso que yo quería hacer, y cuando me doy cuenta no me pongo a hacerlo, cuando me doy cuenta me quedo pensando "qué macana, mirá lo que estoy haciendo en vez de hacer otra cosa" y tardo otro rato más en decidirme a dejar de hacer eso, a hacer otra cosa, y ahí es donde me doy cuenta de lo peor, de lo que realmente me apena; me doy cuenta que en estos días grises, que no son ni tristes ni alegres ni estresantes ni aburridos ni largos ni cortos sino solamente grises, no puedo ni siquiera pensar en qué es esa otra cosa que quisiera estar haciendo si no estuviera haciendo eso que no quiero hacer.
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