Volviendo del lavadero:
Ella: -Ay gordo, ¡mirá qué lindo perrito..!
Él, con fastidio: -Sí, es un caniche, ¿qué querés?
... y dicen que el romanticismo ya no existe.
miércoles, 8 de febrero de 2012
lunes, 23 de enero de 2012
El inodoro torcido
-
Tengo que ir al baño... - le dije a Teresa, mi mujer, mientras
manejábamos hacia la casa del Embajador Británico Sir James Galager.
- Paremos en una estación de servicio, hay una de camino.
Mi mujer rara vez se equivoca; le tengo una confianza absoluta. Puede definir con precisión, por ejemplo, la cantidad de vasos que se romperán durante una fiesta de acuerdo a la cantidad de botellas y el volumen etílico de éstas, o acertar quién es el asesino en las películas de Poirot apenas comenzada la trama. Sin embargo, y con gran pena es que lo digo, ésta fue una de las excepciones: ni siquiera un arbolito en un rincón oscuro se propuso como alivio de mis pesares.
Llegamos, pues, a nuestro destino. El avance por el jardín del frente fue algo lento para mis necesidades fisiológicas debido a la fascinación de mi mujer por pararse ante cada planta y preguntarme a mí, que conozco tanto de botánica como de física cuántica, si aquello era una rosa gallica o una rosa chinesis, si esa de allá era un cardo o un chicalote.
Apenas pasada la puerta nos recibió un mozo con una bandejita ofreciendo unas bebidas que, para no sumar más leña al fuego, decidí rechazar. Sin embargo, le pregunté:
- Perdone... ¿el servicio?
- Así es -contestó el mozo.
- No no, el...
Una pareja entró a la casa detrás de nosotros, por lo que preferí postergar mi pregunta y me hice a un lado para dejarlos pasar. La señora se quitó el tapado y me lo entregó, confundiéndome con el valet.
- No, disculpe, yo estaba sólo... quiero decir, mire, yo no...
- Somos invitados -me salvó Teresa, sacándome de las manos el tapado de la señora y devolviéndoselo a ella.
El mozo entregó sendas bebidas a la pareja mientras mi mujer aprovechaba, con sumo disimulo, para devolver su copa vacía y servirse una segunda.
- ¿El toilette? -pregunté entonces al mozo, acercándome a su oído.
- ¡Ah! ¿el baño? -dijo, en un tono algo más alto del que hubiera preferido- pasillo, segunda puerta a la izquierda.
- Esto me late mal -me dijo Teresa ni bien entrados al vestíbulo- el baño, por norma, está a la derecha.
Decidí no contestar su comentario pero tenerlo en cuenta, no fuera cosa de que terminase haciendo pis en la despensa. En todo caso -me conformé- son ingleses: les gusta hacer las cosas al revés.
Entré al toilette. Me costó encontrar la llave de la luz, que algún arquitecto maquiavélico había colocado en la pared del lado hacia el que se abre la puerta, por lo cual no había forma de accionar el interruptor sin antes cerrar la puerta, quedando por completo a oscuras.
Ya con la luz prendida, me bajé la bragueta camino al inodoro. Es notable cómo se incrementan las ganas de hacer pis cuando el alivio está pronto. A punto de conseguir la liberación de mis fluidos, ¡ay! Calamidad, ¡tramposo destino que nos obligas a los varones a mirar hacia el inodoro en tales actividades! El albañil, por desidia o por maldad, había colocado el inodoro torcido.
- ¿Y? ¿hiciste pis? -me preguntó mi mujer, quien denotaba encontrarse ya por el quinto Fresita.
- No.
- ¿Por qué no?
- No pude... está... -puse tono de confidencia- está el inodoro torcido.
- ¿Y?
- Y no puedo... si está el inodoro torcido, no sé, no puedo, no me sale...
- Ay, Ramón... una pareja nunca termina de conocerse...
- Voy a ver si en el piso de arriba hay uno como la Ley de Edificación manda.
- No, pará que va a hablar el Embajador...
Sir James Galager es famoso por sus extensos discursos que no terminan nunca en ninguna parte, y yo desconocía si mi vejiga estaría bien dispuesta al humor inglés. Sin embargo, apenas subió el Sir a la tarima de madera coronada por las banderas británica y argentina, me vi rodeado de una espesa multitud que me impidió la expedición por los aposentos superiores.
- My dear, dear Sirs... -comenzó, con la parsimoniosa lentitud inglesa- friends... fellow citizens... my wife Susan, and my beloved daughters Hanna... Emily... Kiara...
- Teresa, ¿cuántas hijas tiene este tipo?
- Shhh -me censuró.
-... Joanne... Jessica... Elizabeth... Lesley... welcome all to my humble, humble home... ¡oh! ho ho, this reminds me that time when...
- Pero la p...
- ¡Callate, querés! -me interrumpió Teresa.
Cuarenta y siete minutos después, finalizada la anécdota que recordó al decir “we are here today”, comencé alucinar inodoros en cada jarrón, maceta y paragüero que había a mi alrededor.
- Teresa, tirame la copa encima...
- ¿Qué?
- La copa, volcame un poco encima... que parezca un accidente.
- Bueno, pará... ehm... ahí va.
- ¡Un poco nomás te dije!
Quien haya visto la escena debe haber pensado que le dije a mi mujer algo obsceno, porque me volcó casi todo el Fresita en la cara.
- ¡Oh! -exclamé en voz alta y fingí una risa- ¡qué drástico accidente!
- ¿Drástico? -me susurró Teresa.
- ¡Qué peculiar accidente!
- ¡¿Peculiar?!
- Ok, ¡qué macana! ¡me volcaste todo el Fresita encima! ¡Oh! Iré a limpiarme.
- Ramón...
- ¿Qué?
- No te dediques a ser actor...
Saliendo de entre la multitud con la cara sonrosada de Fresita y vergüenza, un mozo se me acercó con una servilleta.
- Perdone -le dije-, no quiero ensuciar su impecable servilleta, ¿me indica dónde está el baño?
- Por el pasillo, segunda puerta a la izq...
- No, no, ese ya lo conozco, ¿otro no hay?
El mozo me miró sorprendido.
- Lo que pasa -intenté explicarme- es que el inodoro está torcido...
Debe haberme tomado por incurable loco, ya que dio la vuelta sobre sus talones y se retiró mirándome sobre el hombro con un gesto que no llegué a comprender.
De cualquier forma, la escalera que lleva al piso superior se asomaba al final del pasillo, y hacia ella fui. “¿Por qué no pondrán cartelitos de Toilette en los baños de las casas?” pensé. “En fin, probemos. Primera puerta, habitación. Segunda puerta, biblioteca. Tercera, ¡ah! ¡disculpe señorita! ¡qué bonita enagua tiene! Cuarta, no. Quinta, no. Sexta, ¡no! ¿Qué los ingleses no hacen pis? Séptima, escalera externa hacia el patio”.
Para sorpresa del mozo que nos recibió un rato antes, crucé nuevamente la puerta de entrada en sentido hacia adentro. Esta vez sí le acepté una copa y avancé hacia la sala.
- and that’s why we’ll continue our efforts to keep Argentina a part of, ¡oh! I’m sorry, ¡ho ho! a friend of the United Kingdom.
Un aplauso frío y cortés -a la manera británica- despidió a Sir James Galager, quien se retiró con una pipa entre los dientes y una sonrisa arrugada.
- Teresa, nos vamos -le dije, tomándola del brazo.
- ¡Esperá, Ramón! ¡Quiero otro Fresita!
- Creo que ya tuviste suficientes. Y yo también. ¡Vamos!
Cruzando el jardín hacia la salida, Teresa mencionó:
- ¡Qué servicio eficiente, Ramón! ¡mirá! ¡incluso a esta hora de la noche regaron el abeto! Ramón, esperá, tengo que hacer pis...
- Andá al jazmín que está en la esquina. Te espero en el coche.
- Paremos en una estación de servicio, hay una de camino.
Mi mujer rara vez se equivoca; le tengo una confianza absoluta. Puede definir con precisión, por ejemplo, la cantidad de vasos que se romperán durante una fiesta de acuerdo a la cantidad de botellas y el volumen etílico de éstas, o acertar quién es el asesino en las películas de Poirot apenas comenzada la trama. Sin embargo, y con gran pena es que lo digo, ésta fue una de las excepciones: ni siquiera un arbolito en un rincón oscuro se propuso como alivio de mis pesares.
Llegamos, pues, a nuestro destino. El avance por el jardín del frente fue algo lento para mis necesidades fisiológicas debido a la fascinación de mi mujer por pararse ante cada planta y preguntarme a mí, que conozco tanto de botánica como de física cuántica, si aquello era una rosa gallica o una rosa chinesis, si esa de allá era un cardo o un chicalote.
Apenas pasada la puerta nos recibió un mozo con una bandejita ofreciendo unas bebidas que, para no sumar más leña al fuego, decidí rechazar. Sin embargo, le pregunté:
- Perdone... ¿el servicio?
- Así es -contestó el mozo.
- No no, el...
Una pareja entró a la casa detrás de nosotros, por lo que preferí postergar mi pregunta y me hice a un lado para dejarlos pasar. La señora se quitó el tapado y me lo entregó, confundiéndome con el valet.
- No, disculpe, yo estaba sólo... quiero decir, mire, yo no...
- Somos invitados -me salvó Teresa, sacándome de las manos el tapado de la señora y devolviéndoselo a ella.
El mozo entregó sendas bebidas a la pareja mientras mi mujer aprovechaba, con sumo disimulo, para devolver su copa vacía y servirse una segunda.
- ¿El toilette? -pregunté entonces al mozo, acercándome a su oído.
- ¡Ah! ¿el baño? -dijo, en un tono algo más alto del que hubiera preferido- pasillo, segunda puerta a la izquierda.
- Esto me late mal -me dijo Teresa ni bien entrados al vestíbulo- el baño, por norma, está a la derecha.
Decidí no contestar su comentario pero tenerlo en cuenta, no fuera cosa de que terminase haciendo pis en la despensa. En todo caso -me conformé- son ingleses: les gusta hacer las cosas al revés.
Entré al toilette. Me costó encontrar la llave de la luz, que algún arquitecto maquiavélico había colocado en la pared del lado hacia el que se abre la puerta, por lo cual no había forma de accionar el interruptor sin antes cerrar la puerta, quedando por completo a oscuras.
Ya con la luz prendida, me bajé la bragueta camino al inodoro. Es notable cómo se incrementan las ganas de hacer pis cuando el alivio está pronto. A punto de conseguir la liberación de mis fluidos, ¡ay! Calamidad, ¡tramposo destino que nos obligas a los varones a mirar hacia el inodoro en tales actividades! El albañil, por desidia o por maldad, había colocado el inodoro torcido.
* * *
- ¿Y? ¿hiciste pis? -me preguntó mi mujer, quien denotaba encontrarse ya por el quinto Fresita.
- No.
- ¿Por qué no?
- No pude... está... -puse tono de confidencia- está el inodoro torcido.
- ¿Y?
- Y no puedo... si está el inodoro torcido, no sé, no puedo, no me sale...
- Ay, Ramón... una pareja nunca termina de conocerse...
- Voy a ver si en el piso de arriba hay uno como la Ley de Edificación manda.
- No, pará que va a hablar el Embajador...
Sir James Galager es famoso por sus extensos discursos que no terminan nunca en ninguna parte, y yo desconocía si mi vejiga estaría bien dispuesta al humor inglés. Sin embargo, apenas subió el Sir a la tarima de madera coronada por las banderas británica y argentina, me vi rodeado de una espesa multitud que me impidió la expedición por los aposentos superiores.
- My dear, dear Sirs... -comenzó, con la parsimoniosa lentitud inglesa- friends... fellow citizens... my wife Susan, and my beloved daughters Hanna... Emily... Kiara...
- Teresa, ¿cuántas hijas tiene este tipo?
- Shhh -me censuró.
-... Joanne... Jessica... Elizabeth... Lesley... welcome all to my humble, humble home... ¡oh! ho ho, this reminds me that time when...
- Pero la p...
- ¡Callate, querés! -me interrumpió Teresa.
Cuarenta y siete minutos después, finalizada la anécdota que recordó al decir “we are here today”, comencé alucinar inodoros en cada jarrón, maceta y paragüero que había a mi alrededor.
- Teresa, tirame la copa encima...
- ¿Qué?
- La copa, volcame un poco encima... que parezca un accidente.
- Bueno, pará... ehm... ahí va.
- ¡Un poco nomás te dije!
Quien haya visto la escena debe haber pensado que le dije a mi mujer algo obsceno, porque me volcó casi todo el Fresita en la cara.
- ¡Oh! -exclamé en voz alta y fingí una risa- ¡qué drástico accidente!
- ¿Drástico? -me susurró Teresa.
- ¡Qué peculiar accidente!
- ¡¿Peculiar?!
- Ok, ¡qué macana! ¡me volcaste todo el Fresita encima! ¡Oh! Iré a limpiarme.
- Ramón...
- ¿Qué?
- No te dediques a ser actor...
Saliendo de entre la multitud con la cara sonrosada de Fresita y vergüenza, un mozo se me acercó con una servilleta.
- Perdone -le dije-, no quiero ensuciar su impecable servilleta, ¿me indica dónde está el baño?
- Por el pasillo, segunda puerta a la izq...
- No, no, ese ya lo conozco, ¿otro no hay?
El mozo me miró sorprendido.
- Lo que pasa -intenté explicarme- es que el inodoro está torcido...
Debe haberme tomado por incurable loco, ya que dio la vuelta sobre sus talones y se retiró mirándome sobre el hombro con un gesto que no llegué a comprender.
De cualquier forma, la escalera que lleva al piso superior se asomaba al final del pasillo, y hacia ella fui. “¿Por qué no pondrán cartelitos de Toilette en los baños de las casas?” pensé. “En fin, probemos. Primera puerta, habitación. Segunda puerta, biblioteca. Tercera, ¡ah! ¡disculpe señorita! ¡qué bonita enagua tiene! Cuarta, no. Quinta, no. Sexta, ¡no! ¿Qué los ingleses no hacen pis? Séptima, escalera externa hacia el patio”.
* * *
Para sorpresa del mozo que nos recibió un rato antes, crucé nuevamente la puerta de entrada en sentido hacia adentro. Esta vez sí le acepté una copa y avancé hacia la sala.
- and that’s why we’ll continue our efforts to keep Argentina a part of, ¡oh! I’m sorry, ¡ho ho! a friend of the United Kingdom.
Un aplauso frío y cortés -a la manera británica- despidió a Sir James Galager, quien se retiró con una pipa entre los dientes y una sonrisa arrugada.
- Teresa, nos vamos -le dije, tomándola del brazo.
- ¡Esperá, Ramón! ¡Quiero otro Fresita!
- Creo que ya tuviste suficientes. Y yo también. ¡Vamos!
Cruzando el jardín hacia la salida, Teresa mencionó:
- ¡Qué servicio eficiente, Ramón! ¡mirá! ¡incluso a esta hora de la noche regaron el abeto! Ramón, esperá, tengo que hacer pis...
- Andá al jazmín que está en la esquina. Te espero en el coche.
domingo, 4 de diciembre de 2011
Omelette criollo
Jorge entra al bar. Otea el horizonte salpicado de mozos y mesas. Lucio, sentado frente a la barra, empina el codo y absorbe las últimas gotas de un licor verde y espeso.
- ¿Qué estás tomando? -le pregunta Jorge mientras se ubica a su lado.
- No sé, lo dejó el que estaba sentado antes. ¿Qué hacés, tanto tiempo?
- Acá, tirando... y sin saber muy bien de qué. ¿Te acordás que andaba buscando algún tema, alguna idea para pintar?
- Sí, ¡y estabas más perdido..!
- Me pareció que acá en la ciudad estaba poco inspirado y decidí irme al campo, aunque odio la pintura bucólica siempre con el mismo molinito y el mismo arbolito y la misma vaquita que si cobrara los derechos de aparición se llena de guita y pone un local.
- Un restorán vegetariano, seguro.
- Sí, o venta de leche en polvo en un free-shop. La cosa es que necesitaba encontrarme, hablar conmigo mismo. Hablar con el otro yo resulta un semillero de ideas, pero claro, soy pintor, no una maceta. En fin, me fui al campo unos días. Tengo un amigo, un chino, que se rajó para poner un súper en el medio de La Pampa. Tiene poca visión comercial, pero es buen pibe. Antes creía que el tipo tenía sus días, ¿sabés? a veces era muy cordial y otras me trataba como si no me conociera. Después me di cuenta de que eran dos personas distintas.
- ¡El famoso chino fotocopiado!
- El mismo. Fui a pasar unos días a su casa, que está arriba del súper. Me gusta estar ahí, porque puedo bajar a la noche en calzones y agarrar un paquete de yerba y unos cigarrillos. No sabés cómo se disfrutan las estrellas en la mitad del campo con unos mates de yerba afanada con total impunidad. Una de esas noches, tirado en el pasto entre los yuyos, veo venir cabalgando a un hombre que después me enteré que se hacía llamar Teniente Conflagración Rodríguez.
- ¡¿Teniente Conflagración?!
- Sí, Conflagración era el apellido del padre. Él se inventó lo de Teniente. El hombre se baja del caballo ahí, a unos cien metros, y se queda parado dándome la espalda, iluminado apenas por la luna. Una imagen de lo más poética. Ya estaba por ir a buscar mis carbonillas, cuando veo que vienen dos tipos más, vestidos con una ropa de gaucho tan tradicional que parecían gauchos for export. Se sientan los tres en ronda sobre unos troncos y sobre un calentador a garrafa ponen una pava a calentar. Arruinado ya mi cuadro potencial, me acerqué a escuchar de qué hablaban. “¡Mi Teniente, se acercan más conflaglacionarios!”, le gritó uno de ellos, señalándome con la bombilla del mate. “¡Me cacho en diez, un confraglacionario en calzones!” agregó el otro.
De un salto el Teniente se giró
hacia mí, dejando ver una cara más patilluda que la del riojano Quiroga: “¡¿Quién
vive?!” clamó con voz impostadamente grave.
“Aquí Jorge. Oiga, ¡qué bonitas
hombreras doradas, con flecos y todo! ¿van a una fiesta de disfraces?”,
pregunté. Tal parece que no iban, porque ahí nomás desenvainó un sable corvo y
dando dos o tres estocadas en el aire, espetó a la noche un “¡Atrás, traidores
realistas!”.
“¡Este hombre viene solo, mi Teniente!,
¡debe ser un desertor!” dijo uno de los gauchos.
“¡Me cacho en diez, un desertor en
calzones!” agregó el otro.
“Momento, que de realista no tengo
nada, soy nihilista”, intenté calmarlos en el justo momento en que un huevazo
golpeaba la mano derecha de Conflagración Rodríguez, desarmándolo.
“¡Nos atacan, mi Teniente!” gritó
uno de los gauchos.
“¡Las gallinas se han vuelto
realistas!, ¡huyamos!”, agregó el otro.
El invisible cañón de proyectiles
ovoidales generó enseguida una omelette de conflagrantes quienes, despavoridos,
enredándose con sus bombachones, desaparecieron en la llanura.
“No les des bola...”, me dijo
entonces el chino, parapetado en la ventana del primer piso, guardando los
huevos sobrantes, “...son unitarios”.
- O sea que al final la sacaste
barata... - dijo Lucio, luego de un silencio.
- No te creas, el chino me hizo pagarle los huevos...
- Y sí, viejo... pero la moraleja es que no hay animal más indefenso que un hombre en calzones.
- ¡Suerte que siempre hay un chino cerca! -contestó Jorge.
- Suerte que era un chino federal... -contestó Lucio.
- No te creas, el chino me hizo pagarle los huevos...
- Y sí, viejo... pero la moraleja es que no hay animal más indefenso que un hombre en calzones.
- ¡Suerte que siempre hay un chino cerca! -contestó Jorge.
- Suerte que era un chino federal... -contestó Lucio.
jueves, 24 de noviembre de 2011
Un piano vestido de cebra
Nuevo artículo de mi autoría en el blog de Alberto Grätzer Pianos:
Un piano vestido de cebra
Como siempre, los invito a entrar y hacerme llegar sus comentarios.
Saludos!
Un piano vestido de cebra
Como siempre, los invito a entrar y hacerme llegar sus comentarios.
Saludos!
miércoles, 16 de noviembre de 2011
Breve historia del piano (2): la evolución del piano
Mis queridos visitantes, está ya subido el segundo artículo sobre la historia del piano. Los invito a visitarlo:
Breve historia del piano (2): la evolución del piano
Gracias a todos los que me hicieron llegar comentarios sobre la primera entrega.
Saludos!
Breve historia del piano (2): la evolución del piano
Gracias a todos los que me hicieron llegar comentarios sobre la primera entrega.
Saludos!
lunes, 7 de noviembre de 2011
Breve historia del piano (1): del monocordio a los primeros pianos
Iniciando mi servicio de redacción de contenidos sobre temas a investigar, les presento la primera entrega de la historia del piano:
Breve historia del piano (1): del monocordio a los primeros pianos
Si son tan amables leanlón y háganme llegar (por aquí, y no dentro del blog de la web) sus comentarios.
Agradecido de antemano.
Breve historia del piano (1): del monocordio a los primeros pianos
Si son tan amables leanlón y háganme llegar (por aquí, y no dentro del blog de la web) sus comentarios.
Agradecido de antemano.
domingo, 30 de octubre de 2011
Gotinga
Cuando por las calles de Göting asoma un búho, todos los habitantes suspiran. Suspiran como una costumbre, un hábito o un ritual, sin la cualidad emotiva de los suspiros propiamente dichos. Se sabe que hubo un primer suspirador a quien llaman “Die Pristine” (“El Prístino”), a falta de una identificación concreta. El Prístino es su deidad, su guía.
El célebre historiador francés Marcel Giraud establece una hipótesis para este comportamiento: en el siglo VIII, el Papa Stephanus, apenas electo, envió un ejército a invadir la ciudad de Göting ya que allí se jactaban de tener pasteles de polenta más ricos que en Roma. Dice Stephanus en su proclama: “Göttingen mortem haeretici, qui dives Romani panes polenta”. El Papa Stephanus murió a los tres días de ser electo, en el mismo instante en que los habitantes de Göting divisaron un búho en el campanario de la Catedral. Así, dice Giraud, siendo los götinguenses grandes conocedores de las escrituras Homéricas, asociaron al búho con la figura salvadora de Palas Atenea, hija de Zeus, y la erigieron como Madre y Protectora de Göting.
En 1.714 de nuestra era, el párroco Günter Wikeland, en un inspirado sermón, criticó a sus feligreses por adorar a Die Pristine, un intermediario, y no al objeto en sí: el búho. Veinte minutos más tarde, Günter Wikeland colgaba sin vida de uno de los mástiles de la muralla.
Sin embargo, toda posible asociación con deidades griegas y pájaros ocasionales, no es más que un juego para los habitantes de Göting. Se sabe que ellos rememoran en cada suspiro lo más puro y humano: el alivio de los salvados por la pronta muerte de Stephanus. Puedo afirmar también que tienen los pasteles de polenta más ricos que este cronista haya podido probar.
El célebre historiador francés Marcel Giraud establece una hipótesis para este comportamiento: en el siglo VIII, el Papa Stephanus, apenas electo, envió un ejército a invadir la ciudad de Göting ya que allí se jactaban de tener pasteles de polenta más ricos que en Roma. Dice Stephanus en su proclama: “Göttingen mortem haeretici, qui dives Romani panes polenta”. El Papa Stephanus murió a los tres días de ser electo, en el mismo instante en que los habitantes de Göting divisaron un búho en el campanario de la Catedral. Así, dice Giraud, siendo los götinguenses grandes conocedores de las escrituras Homéricas, asociaron al búho con la figura salvadora de Palas Atenea, hija de Zeus, y la erigieron como Madre y Protectora de Göting.
En 1.714 de nuestra era, el párroco Günter Wikeland, en un inspirado sermón, criticó a sus feligreses por adorar a Die Pristine, un intermediario, y no al objeto en sí: el búho. Veinte minutos más tarde, Günter Wikeland colgaba sin vida de uno de los mástiles de la muralla.
Sin embargo, toda posible asociación con deidades griegas y pájaros ocasionales, no es más que un juego para los habitantes de Göting. Se sabe que ellos rememoran en cada suspiro lo más puro y humano: el alivio de los salvados por la pronta muerte de Stephanus. Puedo afirmar también que tienen los pasteles de polenta más ricos que este cronista haya podido probar.
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