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viernes, 16 de noviembre de 2012

Comparativos

Dijo el teórico a la concurrencia: “Si una imagen vale más que mil palabras, si es mejor pájaro en mano que cien volando, si más sabe el diablo por viejo que por diablo, si quien mucho abarca poco aprieta, si al mal tiempo buena cara, puede considerarse que la imagen voladora, abarcativa y vieja de una buena cara, vale aproximadamente cien mil palabras apretadas de diablo que versan sobre el mal tiempo.”

miércoles, 25 de julio de 2012

Luciérnagas para la sed

No sería ésta la noche que elegiría para llamarte. Te adiviné sola, rodeada de gente, en alguna terminal de Londres o de Madrid. No sería ésta la noche que elegiría para llamarte si no me hubiese encontrado en el noticiero un informe sobre el paro en los aeropuertos. Debí llamarte antes, lo sé, pero tampoco pensaría en hacerlo esta noche de no ser por el noticiero y el informe. Y ahora, sentado junto a la mesita del teléfono, con la tarjeta que me diste en aquel tour por Santiago, con la anotación mecanografiada “Si se pierde llame a este número” y tu nombre impreso en el reverso, ahora, años después, aunque esté en mi casa, sigo perdido y pienso en llamarte. Pero mejor será que no lo haga, mejor será que suba a la terraza y siga viendo el cielo chispeante de luces mezclándose entre las estrellas, y piense que en alguno de esos aviones estás vos.

lunes, 23 de enero de 2012

El inodoro torcido

- Tengo que ir al baño... - le dije a Teresa, mi mujer, mientras manejábamos hacia la casa del Embajador Británico Sir James Galager.
- Paremos en una estación de servicio, hay una de camino.

Mi mujer rara vez se equivoca; le tengo una confianza absoluta. Puede definir con precisión, por ejemplo, la cantidad de vasos que se romperán durante una fiesta de acuerdo a la cantidad de botellas y el volumen etílico de éstas, o acertar quién es el asesino en las películas de Poirot apenas comenzada la trama. Sin embargo, y con gran pena es que lo digo, ésta fue una de las excepciones: ni siquiera un arbolito en un rincón oscuro se propuso como alivio de mis pesares.
Llegamos, pues, a nuestro destino. El avance por el jardín del frente fue algo lento para mis necesidades fisiológicas debido a la fascinación de mi mujer por pararse ante cada planta y preguntarme a mí, que conozco tanto de botánica como de física cuántica, si aquello era una rosa gallica o una rosa chinesis, si esa de allá era un cardo o un chicalote.
Apenas pasada la puerta nos recibió un mozo con una bandejita ofreciendo unas bebidas que, para no sumar más leña al fuego, decidí rechazar. Sin embargo, le pregunté: 
- Perdone... ¿el servicio?
- Así es -contestó el mozo.
- No no, el...

Una pareja entró a la casa detrás de nosotros, por lo que preferí postergar mi pregunta y me hice a un lado para dejarlos pasar. La señora se quitó el tapado y me lo entregó, confundiéndome con el valet.
- No, disculpe, yo estaba sólo... quiero decir, mire, yo no...
- Somos invitados -me salvó Teresa, sacándome de las manos el tapado de la señora y devolviéndoselo a ella.

El mozo entregó sendas bebidas a la pareja mientras mi mujer aprovechaba, con sumo disimulo, para devolver su copa vacía y servirse una segunda.
- ¿El toilette? -pregunté entonces al mozo, acercándome a su oído.
- ¡Ah! ¿el baño? -dijo, en un tono algo más alto del que hubiera preferido- pasillo, segunda puerta a la izquierda.
- Esto me late mal -me dijo Teresa ni bien entrados al vestíbulo- el baño, por norma, está a la derecha.

Decidí no contestar su comentario pero tenerlo en cuenta, no fuera cosa de que terminase haciendo pis en la despensa. En todo caso -me conformé- son ingleses: les gusta hacer las cosas al revés.
Entré al toilette. Me costó encontrar la llave de la luz, que algún arquitecto maquiavélico había colocado en la pared del lado hacia el que se abre la puerta, por lo cual no había forma de accionar el interruptor sin antes cerrar la puerta, quedando por completo a oscuras.
Ya con la luz prendida, me bajé la bragueta camino al inodoro. Es notable cómo se incrementan las ganas de hacer pis cuando el alivio está pronto. A punto de conseguir la liberación de mis fluidos, ¡ay! Calamidad, ¡tramposo destino que nos obligas a los varones a mirar hacia el inodoro en tales actividades! El albañil, por desidia o por maldad, había colocado el inodoro torcido.

* * *

- ¿Y? ¿hiciste pis? -me preguntó mi mujer, quien denotaba encontrarse ya por el quinto Fresita.
- No.
- ¿Por qué no?
- No pude... está... -puse tono de confidencia- está el inodoro torcido.
- ¿Y?
- Y no puedo... si está el inodoro torcido, no sé, no puedo, no me sale...
- Ay, Ramón... una pareja nunca termina de conocerse...
- Voy a ver si en el piso de arriba hay uno como la Ley de Edificación manda.
- No, pará que va a hablar el Embajador...
Sir James Galager es famoso por sus extensos discursos que no terminan nunca en ninguna parte, y yo desconocía si mi vejiga estaría bien dispuesta al humor inglés. Sin embargo, apenas subió el Sir a la tarima de madera coronada por las banderas británica y argentina, me vi rodeado de una espesa multitud que me impidió la expedición por los aposentos superiores.
- My dear, dear Sirs... -comenzó, con la parsimoniosa lentitud inglesa- friends... fellow citizens... my wife Susan, and my beloved daughters Hanna... Emily... Kiara...
- Teresa, ¿cuántas hijas tiene este tipo?
- Shhh -me censuró.
-... Joanne... Jessica... Elizabeth... Lesley... welcome all to my humble, humble home... ¡oh! ho ho, this reminds me that time when...
- Pero la p...
- ¡Callate, querés! -me interrumpió Teresa.
Cuarenta y siete minutos después, finalizada la anécdota que recordó al decir “we are here today”, comencé alucinar inodoros en cada jarrón, maceta y paragüero que había a mi alrededor.
- Teresa, tirame la copa encima...
- ¿Qué?
- La copa, volcame un poco encima... que parezca un accidente.
- Bueno, pará... ehm... ahí va.
- ¡Un poco nomás te dije!

Quien haya visto la escena debe haber pensado que le dije a mi mujer algo obsceno, porque me volcó casi todo el Fresita en la cara.
- ¡Oh! -exclamé en voz alta y fingí una risa- ¡qué drástico accidente!
- ¿Drástico? -me susurró Teresa.
- ¡Qué peculiar accidente!
- ¡¿Peculiar?!
- Ok, ¡qué macana! ¡me volcaste todo el Fresita encima! ¡Oh! Iré a limpiarme.
- Ramón...
- ¿Qué?
- No te dediques a ser actor...

Saliendo de entre la multitud con la cara sonrosada de Fresita y vergüenza, un mozo se me acercó con una servilleta.
- Perdone -le dije-, no quiero ensuciar su impecable servilleta, ¿me indica dónde está el baño?
- Por el pasillo, segunda puerta a la izq...
- No, no, ese ya lo conozco, ¿otro no hay?

El mozo me miró sorprendido.
- Lo que pasa -intenté explicarme- es que el inodoro está torcido...
Debe haberme tomado por incurable loco, ya que dio la vuelta sobre sus talones y se retiró mirándome sobre el hombro con un gesto que no llegué a comprender.
De cualquier forma, la escalera que lleva al piso superior se asomaba al final del pasillo, y hacia ella fui. “¿Por qué no pondrán cartelitos de Toilette en los baños de las casas?” pensé. “En fin, probemos. Primera puerta, habitación. Segunda puerta, biblioteca. Tercera, ¡ah! ¡disculpe señorita! ¡qué bonita enagua tiene! Cuarta, no. Quinta, no. Sexta, ¡no! ¿Qué los ingleses no hacen pis? Séptima, escalera externa hacia el patio”.

* * *

Para sorpresa del mozo que nos recibió un rato antes, crucé nuevamente la puerta de entrada en sentido hacia adentro. Esta vez sí le acepté una copa y avancé hacia la sala.
- and that’s why we’ll continue our efforts to keep Argentina a part of, ¡oh! I’m sorry, ¡ho ho! a friend of the United Kingdom.
Un aplauso frío y cortés -a la manera británica- despidió a Sir James Galager, quien se retiró con una pipa entre los dientes y una sonrisa arrugada.
- Teresa, nos vamos -le dije, tomándola del brazo.
- ¡Esperá, Ramón! ¡Quiero otro Fresita!
- Creo que ya tuviste suficientes. Y yo también. ¡Vamos!

Cruzando el jardín hacia la salida, Teresa mencionó:
- ¡Qué servicio eficiente, Ramón! ¡mirá! ¡incluso a esta hora de la noche regaron el abeto! Ramón, esperá, tengo que hacer pis...
- Andá al jazmín que está en la esquina. Te espero en el coche.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Omelette criollo


Jorge entra al bar. Otea el horizonte salpicado de mozos y mesas. Lucio, sentado frente a la barra, empina el codo y absorbe las últimas gotas de un licor verde y espeso.

- ¿Qué estás tomando? -le pregunta Jorge mientras se ubica a su lado.
- No sé, lo dejó el que estaba sentado antes. ¿Qué hacés, tanto tiempo?
- Acá, tirando... y sin saber muy bien de qué. ¿Te acordás que andaba buscando algún tema, alguna idea para pintar?
- Sí, ¡y estabas más perdido..!
- Me pareció que acá en la ciudad estaba poco inspirado y decidí irme al campo, aunque odio la pintura bucólica siempre con el mismo molinito y el mismo arbolito y la misma vaquita que si cobrara los derechos de aparición se llena de guita y pone un local.
- Un restorán vegetariano, seguro.
- Sí, o venta de leche en polvo en un free-shop. La cosa es que necesitaba encontrarme, hablar conmigo mismo. Hablar con el otro yo resulta un semillero de ideas, pero claro, soy pintor, no una maceta. En fin, me fui al campo unos días. Tengo un amigo, un chino, que se rajó para poner un súper en el medio de La Pampa. Tiene poca visión comercial, pero es buen pibe. Antes creía que el tipo tenía sus días, ¿sabés? a veces era muy cordial y otras me trataba como si no me conociera. Después me di cuenta de que eran dos personas distintas.
- ¡El famoso chino fotocopiado!
- El mismo. Fui a pasar unos días a su casa, que está arriba del súper. Me gusta estar ahí, porque puedo bajar a la noche en calzones y agarrar un paquete de yerba y unos cigarrillos. No sabés cómo se disfrutan las estrellas en la mitad del campo con unos mates de yerba afanada con total impunidad. Una de esas noches, tirado en el pasto entre los yuyos, veo venir cabalgando a un hombre que después me enteré que se hacía llamar Teniente Conflagración Rodríguez.
- ¡¿Teniente Conflagración?!
- Sí, Conflagración era el apellido del padre. Él se inventó lo de Teniente. El hombre se baja del caballo ahí, a unos cien metros, y se queda parado dándome la espalda, iluminado apenas por la luna. Una imagen de lo más poética. Ya estaba por ir a buscar mis carbonillas, cuando veo que vienen dos tipos más, vestidos con una ropa de gaucho tan tradicional que parecían gauchos for export. Se sientan los tres en ronda sobre unos troncos y sobre un calentador a garrafa ponen una pava a calentar. Arruinado ya mi cuadro potencial, me acerqué a escuchar de qué hablaban. “¡Mi Teniente, se acercan más conflaglacionarios!”, le gritó uno de ellos, señalándome con la bombilla del mate. “¡Me cacho en diez, un confraglacionario en calzones!” agregó el otro.

De un salto el Teniente se giró hacia mí, dejando ver una cara más patilluda que la del riojano Quiroga: “¡¿Quién vive?!” clamó con voz impostadamente grave.
“Aquí Jorge. Oiga, ¡qué bonitas hombreras doradas, con flecos y todo! ¿van a una fiesta de disfraces?”, pregunté. Tal parece que no iban, porque ahí nomás desenvainó un sable corvo y dando dos o tres estocadas en el aire, espetó a la noche un “¡Atrás, traidores realistas!”.
“¡Este hombre viene solo, mi Teniente!, ¡debe ser un desertor!” dijo uno de los gauchos.
“¡Me cacho en diez, un desertor en calzones!” agregó el otro.
“Momento, que de realista no tengo nada, soy nihilista”, intenté calmarlos en el justo momento en que un huevazo golpeaba la mano derecha de Conflagración Rodríguez, desarmándolo.
“¡Nos atacan, mi Teniente!” gritó uno de los gauchos.
“¡Las gallinas se han vuelto realistas!, ¡huyamos!”, agregó el otro.
El invisible cañón de proyectiles ovoidales generó enseguida una omelette de conflagrantes quienes, despavoridos, enredándose con sus bombachones, desaparecieron en la llanura.
“No les des bola...”, me dijo entonces el chino, parapetado en la ventana del primer piso, guardando los huevos sobrantes, “...son unitarios”.

- O sea que al final la sacaste barata... - dijo Lucio, luego de un silencio.
- No te creas, el chino me hizo pagarle los huevos...
- Y sí, viejo... pero la moraleja es que no hay animal más indefenso que un hombre en calzones.
- ¡Suerte que siempre hay un chino cerca! -contestó Jorge.
- Suerte que era un chino federal... -contestó Lucio.

martes, 24 de mayo de 2011

La biblioteca del tío Jorge

Mi tío Jorge estaba muerto. Me enteré de ello días atrás con un lacónico mensaje telefónico de mis primos dejado en mi despacho de docente. No supe más del asunto hasta esta mañana, a través de un telegrama: el viejo me dejaba de herencia su antigua casona en las afueras de Buenos Aires.

Pasé mis clases completamente distraído, confundiendo las fórmulas químicas y sus valencias. La tabla periódica se me hacía esquiva; no podía dejar de pensar en la casa. Esa misma tarde fui a buscar las llaves y partí luego de algunos pésames obligados.

Hacía años que no cruzaba el caminito de losas del jardín. El enorme ombú a un costado. El enano de yeso junto a la puerta. El llamador de bronce. El interior olía a un encierro encubierto por el aroma del incienso. Los pisos de madera de los corredores, hinchados por el tiempo y la humedad, rechinaban bajo el peso de mis suelas. Los lúgubres cuadros de las paredes me observaban desde sus marcos de oro ennegrecido.
Prendí un velador ubicado junto al sillón de felpa roja del estudio, iluminando pálidamente los grandes anaqueles con libros del piso al techo. Hojeé algunos libros de aquí y de allá, hasta que llamó mi atención una estantería casi vacía, a excepción de un volumen tumbado en el estante inferior: una vieja edición de cuentos de Goethe. Me arrodillé a recogerla y noté que la alfombra estaba gastada como si el mueble hubiese sido movido con frecuencia. Tiré con fuerza de uno de sus bordes. Un viento helado me hizo temblar: detrás de la estantería, una brecha en la pared conducía a una escalera que se perdía en la negrura.

Bajé a tientas y esperé a que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad. Presioné un pequeño interruptor de luz que colgaba de un cable y quedé pasmado: enormes pasillos formados por estanterías se extendían hasta donde alcanzaba la vista: Shakespeare, Cervantes, Chejov, Kafka, Poe. Caminé no recuerdo ya cuánto tiempo con éxtasis creciente. El corazón se me aceleraba a cada paso, a cada nueva estantería, con cada nuevo volumen.

Me fijé de pronto en una novela cuyo autor desconocía por completo. La edición parecía nueva, con el papel aún a salvo del inevitable color amarillo que presentaban las anteriores. A su alrededor, algunos best-sellers recientes. Sorprendido de que el viejo pudiera estar interesado en esas cosas, solté una risa algo nerviosa. Caminé un poco más siguiendo el mismo pasillo: los libros y sus autores empezaban a serme por completo desconocidos. Tomé uno de ellos al azar y al abrirlo grité espantado: la fecha de edición era dentro de diez años. Tomé otro, y luego varios más. Todos eran del mismo año. En la estantería siguiente, eran ediciones de libros que saldrían dentro de once años, y en la siguiente, de doce. Caminé presuroso hacia el siguiente pasillo. Estaba repleto de libros de ciencia. Pude divisar el nombre de algunos de mis estudiantes y colegas entre muchos desconocidos. Me senté en el suelo mirándolos con los ojos muy abiertos. Saqué maquinalmente un cigarrillo del atado y lo puse en mi boca. Las manos me temblaban. Prendí un fósforo. La pequeña llama avanzaba despacio por la madera, secándola y carbonizándola, hasta que me quemó los dedos. El fósforo cayó, ahogándose en el piso frío.

Quedé petrificado al ver de pronto, sobre la estantería a mis espaldas, un libro de química avanzada con mi nombre escrito en el lomo. Mi foto estaba en la contratapa, mostrándome más flaco y canoso. No sé cuánto tiempo estuve viéndolo, de un lado y del otro, leyendo palabras salteadas y fórmulas, y nuevamente el lomo, la tapa, la contratapa. Rompí las hojas. Las arranqué a montones. Les clavé las uñas y los dientes. Cuando alcé la vista, allí, uno al lado del otro, varios libros más, de títulos diversos con mi nombre en el lomo.
Conocí en ese momento la locura de que todo tipo de libertad esté vedada, de que cualquier juego lúdico de investigación, tendría allí, impreso en letras inamovibles, su resultado preciso.

Atravesé corriendo la puerta de entrada. Detrás de mí quedaban el llamador de bronce, el enano de jardín, el ombú y unas enormes llamaradas saliendo del fondo de la casa, quemando despacito sus cimientos, secándolos y carbonizándolos, con todo lo que había dentro.

Enero de 2011

domingo, 7 de febrero de 2010

Cuestión de tamaño

“Creo que empequeñecí” fue la frase que me hizo salir de entre las cobijas y el sueño. “Sí... definitivamente estoy más pequeña” insistió Mabel mientras yo me frotaba los ojos para sacarme las lagañas. Con el hálito de lucidez que emanaban mis neuronas en una hora desconocida del día pero evidentemente temprana, me volví hacia mi mujer. Primero sospeché que la cama se había ensanchado, aumentando la distancia que me separaba de ella y que debido a la perspectiva su cuerpo parecía disminuido, pero entré en contradicción al ver que su camisón en cambio seguía tan grande como la víspera. Parecía, de hecho, como si un japonés se vistiera con el poncho de un vikingo. Esto, claro, en el caso de que los vikingos usaran ponchos. Pensé en dirigirme al tomo correspondiente a la ve corta de la enciclopedia para investigar sobre las vestiduras de los nórdicos. Esta idea fue pronto descartada al sospechar como más prioritario mi deber marital en desmedro de la curiosidad científica. Los vikingos podían esperar. Quizás ellos tuvieran invertidas sus prioridades y se hubiesen extinguido por ello. Tampoco estaba muy seguro en esos momentos de la extinción de los vikingos. A punto de levantarme de la cama para buscar la enciclopedia fui tomado del brazo. Afortunadamente era mi mujer, ya que la mano de cualquier tercero en esa circunstancia hubiera crispado mis nervios. Su mano era efectivamente más pequeña de lo que recordaba. Existían dos posibilidades: o mi brazo se había agrandado o su mano se había achicado. Viendo nuevamente el enorme camisón que la envolvía, lo segundo era lo más probable. De su extremo superior se asomaba una pequeña cabeza con unos ojos muy abiertos, entre sorprendidos y asustados.

- ¿Estás segura de que no lavaste el camisón con agua caliente y se estiró, Mabel? -le pregunté.

- ¡El agua caliente achica las cosas, no las agranda!

- ¿Será que te bañaste con agua muy caliente?

- ¡¿Me voy a haber bañado sonámbula?! ¡Tomás! ¡me encogí!

- ¿Será la descalcificación?

- No pasa hasta la menopausia.

Viendo que se agotaban las posibilidades de encontrar una respuesta mediante el puro uso de la razón, decidí llevarla a un médico.

Las miradas de reojo dirigidas por el taxista primero, y quienes aguardaban en la sala de espera del consultorio después, aumentaron mis sospechas de que la disminución espontánea de la masa corporal no era un hecho común. Claro que todo el asunto hubiera sido mucho menos evidente en caso de haber tenido hijos, o al menos ropa de niño que ella pudiera usar.

Al cabo de una media hora el médico se asomó del consultorio con una ficha en la mano:

- ¿Quiénes son los que vienen por enanism... ah, deben ser ustedes. Pasen. - y nos hizo un gesto para que entráramos.

- Tome, póngase esto -dijo, ya dentro de su despacho a Mabel, extendiéndole una pequeña bata-. Afortunadamente en el otro consultorio atiende un pediatra. Vamos a ver, ¿antecedentes de enanismo en la familia?

- No, ninguno.

- ¿Segura? ¿ningún familiar bajito?

- Vengo de familia de rusos... mi hermana, la más bajita de todas, mide un metro ochenta y cinco.

- ¿Será adoptada? -insistió.

- ¡Oiga! -intervine- ¿qué importancia tiene? Dígame, ¿qué puede hacer que alguien se encoja?

- Mmh... -pensó unos instantes rascándose una larga barba que tenía especialmente para rascarse mientras pensaba- ¿se habrá bañado con agua muy caliente?

Minutos después nos encontramos nuevamente en la calle. Del consultorio salía un poco de olor a pelo quemado, probablemente por el principio de incendio que mi mujer había infringido en la barba del doctor. Al recordar que yo había propuesto algo similar, me alegré de no usar barba.

Debido quizás a que las batas de hospital tienen la costumbre de cubrir sólo un pequeño porcentaje del cuerpo, Mabel me arrastró del brazo hasta la boutique más cercana.

Si bien puedo hacer gala de haber estado siempre de acuerdo con el cuidado de la dignidad de mi mujer (y en esto la vestimenta tiene mucho que ver), confieso que en esas instancias hubiera deseado la compra rápida de una o dos remeras y un pantalón campero. En vez de eso, tuve que presenciar uno de esos horribles espectáculos donde una dama se convierte en un ave de rapiña entre los escaparates, luchando con otras aves por un determinado talle o color, y disfrutando sádicamente de la tortura psicológica infringida a los inocentes vendedores.

Finalmente la vi desaparecer entre los vestidores, y me senté a esperar. A mi lado, jadeante, el vendedor que la había atendido recuperaba el aliento.

Desde adentro de una de las cabinitas, y sin descorrer la cortina, Mabel gritaba mi nombre. Por esa convención social de interpretar nuestro nombre como un llamado, me acerqué hasta los vestidores.

- ¡Tomás! Pedí que me traigan esto en dos talles menos.

Miré al vendedor, quien se secó la transpiración de la frente con un pañuelo dispuesto a recuperar su masoquista labor.

- ¡No, esperá! ¡Tres talles menos! Ay, Tomás, ¡Tomás!

 En caso de habernos encontrado dentro de uno de esos grandes shoppings hubiera sospechado que dentro de la cabinita una escalera mecánica alejaba a mi mujer, ya que se la escuchaba cada vez más bajito gritar algo que -estoy convencido- primero fue mi nombre, y luego se transformó en un pequeño pitido agudo.

Siendo que los chillidos habían atraído a un sinnúmero de señoras, dos vendedores, un perro y tres moscas, no me atreví a descorrer la cortina. Afortunadamente no fue necesario, ya que desde abajo salió un ser diminuto. Pude reconocer por su andar que se trataba de Mabel. Me jacto de ser un buen observador de esos detalles. Siendo que estaba completamente desnuda (si es que este término puede aplicarse a un ser de quince centímetros), la cubrí con mi pañuelo y la coloqué en el bolsillo de mi camisa.

Tomamos el tren camino a casa. Le dije que se estuviera en silencio para pagar un solo pasaje y esto engañó magistralmente al guarda.

Diciembre de 2009